Manuel de Roda y Arrieta

Oh, oh, oh, oh… ¡Desde Japón llegan a consultar mi biblioteca! Bien lo merece ese documento. Es de gran valor. Probablemente, los originales se han perdido y sólo se conservan esas notas.

Oh. Disculpen. No me he presentado.

Soy Manuel de Roda. Ya sé que me conocen como el Marques de Roda.

Pero, en fin, lo de Marqués se me otorgó a título póstumo…

Les hablo desde un cuadro. Desde MI cuadro. Está colgado en esta biblioteca que reuní con tiempo y esfuerzo. Y aquí me tienen. Velando por esta hermosísima colección: 84 incunables algunos, ¡rarísimos!, numerosos manuscritos. Ah. La librería está hecha a medida… Ahí, tengo un libro de oraciones pintado de modo exquisito en Brujas. Llegó a pertenecer ¡al Papa Inocencio IX!… Al otro lado, la colección con ilustraciones de la fauna de las colonias…

Y, por todas partes… Libros contra los jesuitas. ¡Lo que me costó expulsarlos del país! Disculpen la salida de tono… Hablar de la Compañía me irrita demasiado. Quédense con que esta biblioteca sigue viva casi tres siglos después.

Conseguí muchos de esos ejemplares gracias a mi puesto en la Corte. Conocí al bibliotecario de la Santa Sede, diplomáticos, enciclopedistas… Ilustrados. Faltan por catalogar un tercio de las obras. En ello está el Ministerio, que delega en la Biblioteca General de Aragón. Su directora, de cuando en cuando se deja caer por aquí.

Ese fue mi espíritu, sí. También se dice que es una de las mejores bibliotecas anti jesuíticas de todos los tiempos. Todo tiene sus motivos. Empecemos explicando que en mi tiempo, en el siglo XVIII, como dice el historiador Guillermo Pérez, la iglesia ostentaba un gran poder. Las tierras, o los censos, como se llamaban entonces, estaban, prácticamente en sus manos, y no pagaban impuestos. Algo que irritaba, en especial, a los reyes absolutistas.

Por eso fue tan importante mi puesto de embajador en Roma. Yo servía a mi Rey y quería que la Iglesia pagase sus impuestos. Tenían mucho poder.

Y, algunos, como los jesuitas, llegaron a tener incluso influencia política. Por aquel entonces, los colegios mayores y los jesuitas eran los encargados de la formación. Elitistas e influyentes conseguían colocar en los mejores puestos del Estado a los hijos de los nobles. Yo venía de familia humilde, y a pesar de que estudié con los jesuitas y llegué a ejercer como letrado en Madrid, no conseguía medrar como lo hacían los favoritos. Pedí un ascenso al confesor del rey, que era el jesuita padre Rávago. Y al Marques de Villa. Y esto sucedió.

Todo porque no venía de familia noble. Lo intenté con un Marqués y corrí la misma suerte…

Me sentí ninguneado. Y comencé a conspirar contra ellos. Primero, me rodeé de amigos con poder, como el Duque de Alba, que también repudiaban a los jesuitas.

Llegué a embajador de Roma y me gané los favores del Rey Carlos III hasta llegar a ministro. También elevó a este cargo al Marques de Esquilache. Un italiano de su confianza que pronto desagradó al pueblo.

Ahí aproveché mis cartas para echar del país a los jesuitas. Y escuchen la paradoja. Dispuse en mi testamento que cuando yo faltase esta mi biblioteca se trasladase al antiguo colegio de los jesuitas de Zaragoza donde había estudiado de niño. Así llegó al edificio de San Carlos Borromeo. ¿Una contradicción? Puede ser. Pero el espléndido complejo era ideal.

Edificio y biblioteca. Una joya dentro de otra joya. Y, aún más. Ese tesoro de manuscritos e incunables está depositado en un apropiado cofre. Oh, hablo de las estanterías. Las que ven, son las originales. En estas librerías ya va haciendo muesca el paso del tiempo.

Mi empeño ahora es el de salvar esta librería.

Son 135 estanterías de las cuales ha de restaurarse la mitad. Así se conservará el legado completo.

Y el público podrá venir a admirar el conjunto.

Y quienes aman la Ciencia y la Historia, acercarse, elegir los escritos y estudiarlos.

Porque más que legajos y muebles, esta Biblioteca es un regalo de Sabiduría y de Belleza a partes iguales.

Manuel de Roda

Manuel de Roda y Arrieta, póstumo marqués de Roda, (Zaragoza; 5 de febrero de 1708 – La Granja de San Ildefonso, Segovia; 30 de agosto de 1782) fue un político y hombre de Estado español de la Ilustración, principal promotor de la expulsión de los jesuitas del Reino de España en 1767.

Estudió inicialmente en un colegio de jesuitas y, posteriormente, Derecho en la Universidad de Zaragoza como alumno pobre o “manteísta“, lo que explica en parte su comportamiento posterior. Ejerció la abogacía en Madrid y a los cuarenta años, durante el reinado de Fernando VI, se encuadró entre los albistas (partidarios del duque de Alba, enemigo declarado del marqués de la Ensenada y de los jesuitas), y gracias a esto obtuvo su primer cargo importante, el de agente de preces en Roma (1758-65), al que unió el de embajador en la misma ciudad desde 1760, de suerte que fue ministro plenipotenciario ante el Papa.

En 1765 fue nombrado ministro de Gracia y Justicia; fue el primer ministro español libremente elegido por Carlos III y llegó a influir poderosamente sobre el monarca, sobre todo en materias eclesiásticas; fue de hecho la eminencia gris de este reinado desde 1765 a 1777, fecha en que pierde su ascendiente sobre el monarca, quien empieza a hacer más caso a Floridablanca.

Su actuación fue decisiva en la expulsión de los jesuitas (1767). Con motivo del llamado motín de Esquilache (marzo de 1766), había intervenido en la creación de una «pesquisa secreta» para desenmascarar a los autores de los tumultos, que, manipulada por él y por el fiscal Campomanes (quienes se sirvieron, además, del confesor real, padre Joaquín de Eleta) y con la colaboración de un grupo reducido del Consejo de Castilla, echó la culpa a la Compañía de Jesús. Roda insistió en que debía ser el Conde de Aranda, el presidente del Consejo de Castilla, el responsable último de la ejecución del extrañamiento de los jesuitas (o la «operación cesárea», como el mismo Roda la llamaba). Impulsó asimismo la disolución de la Compañía que, al fin, realizó el Papa en 1773.

También procuró la reforma o principio del fin de los colegios, que consideraba refugio de un grupo o casta de privilegiados acaparadores de los cargos más importantes y lucrativos del Estado y de la Iglesia; en esta línea intentó reformar la Universidad española, aunque murió sin haber conseguido logros duraderos. Representó, además, los principios del regalismo dieciochesco y combatió la intromisión de la Iglesia dentro del ámbito reservado a las «[regalía]s de la Corona», actuando por ejemplo contra las inmunidades eclesiásticas y contra algunos poderes (excesivos para él) del Nuncio —«un mueble inútil», como lo llamaban él y su amigo y confidente en Roma José Nicolás de Azara.

Participó en la fundación de la Real Academia de la Historia (1735-1738) y estuvo al frente de la secretaría de Gracia y Justicia diecisiete años, hasta su muerte en el Real Sitio de La Granja. Carlos III le concedió el título póstumo de marqués de Roda, que fue a parar a su sobrino político Miguel Joaquín Lorieri. Su magnífica biblioteca se conserva en el Real Seminario de San Carlos Borromeo de Zaragoza.

  • Olaechea, Rafael, Las relaciones hispano-romanas en la segunda mitad del XVIII. La agencia de preces; Zaragoza, Institución Fernando el Católico, 1965, 2 vols. ISBN 84-7820-534-9
  • Pinedo Iparraguirre, Isidoro, Manuel de Roda. Su pensamiento regalista, Zaragoza, 1983.
  • Pinedo Iparraguirre, Isidoro, “Manuel de Roda y Arrieta, ministro de Carlos III”, en Letras de Deusto, ISSN 0210-3516, Vol. 12, Nº 23, (1982), págs. 97-110.
  • Pradells Nadal, Jesús, “Política, libros y polémicas culturales en la correspondencia extraoficial de Ignacio de Heredia (y Alamán) con Manuel de Roda (1773-1781)”, Revista de historia moderna núm. 18 (1999-2000). ISSN 0212-5862, pp. 125-222.